“…Ella fue la ‘virgen fiel y prudente’ del Evangelio, que esperó, con inmenso amor, al Esposo a que llegara… esa espera la realizó a lo largo de toda su vida y, de manera particular, en estos últimos años, como víctima oblativa sobre el altar de su lecho, perfumado con el incienso de su entrega total, de su oración constante y de esa ejemplar aceptación de la voluntad de Dios, que le hacía mantenerse en ese ‘sí’ sostenido en su consagración al Señor como ejemplarísima religiosa contemplativa […]

Todas ustedes convivieron con ella y, paso a paso, fueron testigos de su vida y de cómo se configuraba un alma santa.

Como ingredientes a la vista, yo descubrí en ella y en este orden, los siguientes: alegría, paz, tremenda humildad, gran amor a sus religiosas, ejemplar actitud de escucha, recogimiento indicativo de una gran vivencia de vida interior y unión con el Señor, gran amor a la Iglesia e indecible cariño por los sacerdotes. ¡Cuánto bien me hizo mis visitas a Orito y mis entrevistas con ella!; les tengo que confesar que volvía a casa renovado y animado a seguir, con más fidelidad, al Señor… Esto lo he comentado, muchas veces, con los sacerdotes de esa zona, que también la conocían y trataban, también pensaban igual.

Ella era una de esas almas que Dios concede a la Iglesia para su mayor edificación; dichosa ella que tan a la perfección se dejó manejar por el Señor y dichosos nosotros que la conocimos, y más dichosos si la sabemos imitar por cuanto ella con tanta fidelidad lo imitó, mejor lo vivió y se identificó con Él.

En el trato con ella se le podían aplicar las palabras de S. Pablo: ‘No soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí’. Y es que debió ser tan profunda la experiencia que de Dios tenía, que se le veía así identificada, no era ella…

Al recibir la noticia de su muerte […], al sobreponerme […], me llené de una gran alegría espiritual -no sé si lo digo bien-, que me condujo a dar gracias a Dios; pensé, además, cómo el Señor la mimó hasta el final, a pesar de los pesares, pues la llamó en sábado para que con María, su querida Madre la Virgen, fuera al Cielo a celebrar la fiesta de Todos los Santos […]. La gratitud a ella me llevó […] a encomendarla al Señor en todas las Misas […]. Siempre la recordaremos ante el Altar, sí, cada día, dando gracias al Señor por ella.

Hermanas, la vida y la trayectoria de la Madre Priora, como religiosa Carmelita, les compromete especialmente a ustedes, en la santidad de sus vidas de ustedes y en la fidelidad al Señor, también a cuantos la conocimos. Manos a la obra, Hermanas…”

Rvdo. Sr. D. Vicente Luz. Benimamet.
4 de noviembre de 1987

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“…ayer le telefoneé interesándome por la Madre… Teniendo a Jesús Sacramentado en mis manos sacerdotales le pedí insistentemente porque la dejara unos años más entre nosotros; pero el Divino Esposo la ha visto llena de méritos y se la ha llevado con Él para gozar ya de su vista eternamente. Si les parece bien un servidor le diría una Misa ahí en Orito el día 1 del mes de diciembre… Aquí le adjunto una poesía que he compuesto en homenaje a la Madre Isabel que ya nos contempla desde el Cielo en el que con toda certeza está ya alabando al Dios Uno y Trino:

Madre Isabel abandonó este suelo
y ya el Divino Pastor la ilumina,
como esposa del Cordero camina
porque la llamó a su mansión del Cielo.

Madre Isabel se vio con mucho celo
ya su recuerdo no se difumina
porque a sus Carmelitas encamina
para que a Jesús amen con anhelo.

Ya está Madre Isabel en la eternidad
para gozar con el Divino Esposo
porque le demostró mucha fidelidad
la ha recompensado al darle reposo
y al dejar ejemplo a la posteridad
sus Carmelitas se colman de gozo”.

Rvdo. D. Domingo Serna Martínez.
2 de noviembre de 1987

✿❀♣✿❀♣✿❀♣✿

“…he recibido el recordatorio de nuestra amada Madre Isabel, cuánto se lo agradecemos.

Yo me encomiendo a ella con bastante frecuencia con todos mis dolores para que ella interceda por mí delante de nuestro Esposo divino.

Verdaderamente se la puede llamar santa, que así lo ha sido. Tienen una santa en el Cielo. Si hacen alguna estampa con alguna oración, acuérdense de nosotras, de mandarnos una… Nuestra Madre General de Madrid me dijo que les había escrito, mándele un recordatorio que ella lo agradecerá mucho; la quería de verdad”.

Hna. Mª Camino de J.S., dominica oblata. Novelda.
Año 1987

✿❀♣✿❀♣✿❀♣✿

“…su querida amiga Isabelita ya está gozando de Dios, de ese Dios que desde siempre le poseyó… murió como vivió. En vida, su entrega al Amor fue constante; el Amor a la hora de la muerte la acabó de cincelar para el postrer encuentro con el que es Amor por esencia. Dios acabó su obra en ella plácidamente. Hasta el final sufrió mucho.

En los momentos de lucidez que tenía estaba preciosísima, radiante porque se iba a la casa de su Padre. En uno de esos momentos se le preguntó qué era el Cielo y ella respondió: ‘el Cielo es el centro del Amor; el Cielo es el lugar donde siempre se ama’… Tan sólo contemplarla se nos hacía ya un Cielo. Sentimos vivamente que ella nos está acompañando desde su lugar de gloria. Sí, ella nos sigue amando, como le gustaba decirnos…”.

M. Mª Elena de Cristo a Sor Magdalena Crippa. Palma de Mallorca.
9 de noviembre de 1987

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“…Nuestra Madre murió como vivió: el Amor consumió todo su ser hasta el final; la fue cincelando a su gusto, pues ella se prestó a todo lo que fuera la mayor gloria de Dios y el bien de su santa Iglesia (…). Sufrió mucho y hasta el final. Creemos que entró en estado de coma el jueves por la noche, y así pasó hasta el sábado, día 31 por la mañana.

Durante los días anteriores al jueves, inclusive éste mismo, cuando abría los ojos, hablaba un poquito y contestaba a lo que le preguntábamos. Estaba de cielo, pues se reflejaba en todo su ser la presencia de lo trascendente: de Dios, que se dejaba irradiar a través de esta su tan querida criatura.

Uno de los días […] dijo Nuestra Madre: ‘Dios Padre me ama mucho, muchísimo, más de lo que se pueden figurar. Me ama hasta con mimo’. Y otro día se le preguntó qué era el Cielo y ella, tras un breve silencio, respondió: ‘El Cielo es el centro del Amor; el Cielo es el lugar donde siempre se ama’.

Ella estaba consciente de que ya era llegada la hora de partir hacia la Casa del Padre, por eso un día exclamó: ‘No estéis tristes; la Virgen no quiere que estéis tristes porque yo me voy al Cielo. Estad alegres. Yo os sigo amando. Desde allí os amaré con mayor plenitud…”

Madre Mª Elena de Cristo
a Sor Consuelo Corral, Sierva de Jesús.
18 de noviembre de 1987

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“…Cuando preguntábamos a Nuestra Madre cómo se encontraba, siempre respondía lo mismo: ‘Como una reina’ (esto bien lo sabes tú)… Nuestro Señor ya tenía prisa de coronar en gloria a ésta su reina […]

Estas palabras del salmo 44, creo que se pueden aplicar sin temor a Nuestra Madre. Ella, por la perfección alcanzada al gusto de Dios, no era ya para habitar con los hijos de la casa paterna, sino con los moradores santos de la casa de su Esposo. Además, el Rey se había prendado de su belleza, y la quería junto a Sí. Ya era de Él, ¿quién le podía prohibir tomar lo que le pertenecía, y ya totalmente?

Su belleza… El Señor, que es misericordioso, nos dejó ver algo de esta belleza de Nuestra Madre, sobre todo en los últimos días, pues la santidad de su alma se irradiaba a través de su cuerpo virginal. Era un cielo estar junto a ella. Cuando abría sus ojos, antes de entrar en estado de coma, era tal su expresión de alegría, de gozo del Espíritu Santo, que nos llamaba la atención. Decía que se iba a la casa de su PADRE. Que no nos olvidáramos de cantarle las Vísperas de Todos los Santos.

Nuestra Madre era consciente que había llegado la hora de su partida. Ya no había más demoras. Por eso nos decía que no estuviéramos tristes porque ella se iba al Cielo, que la Virgen no quería vernos tristes. Y nos dijo, mejor nos repitió: ‘Yo os sigo amando. Desde el Cielo os amaré con mayor plenitud’. Muchas cosas no han impresionado de los últimos días de Nuestra Madre, sobre todo algunas frases que dijo. Una de las más significativas fueron estas: ‘El cielo es el centro del Amor. El cielo es el lugar donde siempre se ama’. El día de Todos los Santos, a las seis de la tarde, fue la misa de ‘corpore insepulto’. El sacerdote que presidió la Eucaristía (D. Francisco Berbegal) dijo, entre otras cosas: ‘Yo conocí poco a la Madre Mª Isabel, pero, de las veces que hablé con ella, he sacado una conclusión: era una mujer muy cristiana y muy humana’.

Tú, querida Hermana, que tuviste la dicha de conocer a Nuestra Madre, podrás decir si este sacerdote acertó o no en la dicha afirmación”.

Madre Mª Elena de Cristo
a Hna. Rosa Mª del Sagrado Corazón, C.D. Cuenca.
24 de noviembre de 1987

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“…El Señor purificó y santificó a Nuestra Madre hasta el final. Fueron muy significativas las palabras que el Rvdo. P. Jesualdo, superior de los P.P. Capuchinos, nos dijo ante los restos mortales de Nuestra Madre: ‘A la Madre sólo la han podido bajar de la Cruz como a Jesús: después de la muerte’. Mientras tanto, o sea mientras estuvo en la Cruz, aceptó hasta lo indecible lo que fuera la mayor gloria de Dios y el bien de su santa Iglesia.

Volviendo atrás le diré que los últimos meses, desde mayo a octubre, Nuestra Madre estuvo varias veces a las puertas de la muerte. Era casi milagroso el que se recuperase tan pronto y volviera a estar, dentro de la gravedad, un poquito mejor. Ni los médicos se lo explicaban. La semana del 19 a 25 de octubre la pasó muy mal, ya que un sueño demasiado dulce se apoderaba de ella. Estábamos continuamente despertándola, pues el médico decía que en uno de esos sueños se nos podía quedar. También en esa semana tuvimos el contratiempo de que a Hna. Encarnación se le rompió el fémur, y hubo que intervenirla en Vistahermosa. En la despedida para la clínica Nuestra Madre sufrió mucho; a la vuelta de la Hna., quiso también recibirla; pero ya se notaba estaba perdiendo mucho y que el final se acercaba. Creemos que entró en estado de coma el jueves por la noche, y así pasó hasta el sábado, día 31, por la mañana. Durante los días anteriores al jueves, inclusive éste mismo, cuando abría los ojos hablaba un poquito y contestaba a lo que le preguntábamos, estaba de cielo pues se reflejaba en todo su ser la presencia de lo trascendente: de Dios que se dejaba irradiar a través de esta su tan querida criatura.

Un día que estábamos hablando, me dijo: ‘Dios Padre me ama mucho, muchísimo, más de lo que se pueden figurar. Me ama hasta con mimo’. Otro día se le preguntó qué era el Cielo, y ella, tras un breve silencio, respondió: ‘El cielo es el centro del Amor. El cielo es el lugar donde siempre se ama. Y ya no tengo más que decir’. Uno de sus últimos días conscientes, nos dijo: ‘No estéis tristes; la Virgen no quiere que estéis tristes porque yo me voy al cielo. Estad alegres. Yo os sigo amando. Desde allí os amaré con mayor plenitud’.

El Dr. Martínez Lillo la atendió con amor de hijo hasta el final. Nos avisó que, debido a las muchas medicinas, después de muerta quedaría mal. Sus palabras textuales fueron estas: ‘Lo siento, pero les va a quedar muy desfigurada debido a la cantidad de medicación que se la ha administrado durante tantos años’.

Pero, no fue así, pues quedó muy normal. Ocurrió además un fenómeno inexplicable que nos llamó poderosamente la atención. Después de amortajada Nuestra Madre, sus manos, de amoratadas como estaban, fueron tomando un color totalmente limpio y natural como de ónix traslúcido, parecía que tenían luz propia y la irradiaba desde dentro: eran unas manos glorificadas y transfiguradas. Y este fenómeno lo presenciamos no sólo nosotras sino que también llenó de expectación a la gran multitud de personas que pasaron ante los restos mortales de Nuestra Madre expuestos en el coro, pidiendo tocar a sus manos objetos religiosos: rosarios, crucifijos, medallas, estampas, escapularios… así como alianzas matrimoniales. El día de Todos los Santos fue la Misa de corpore insepulto…”

Madre. Mª Elena de Cristo
a la Rvda. Madre. Josefa García, Sierva de Jesús. Valladolid.
26 de noviembre de 1987

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“…El día 31 de octubre, sábado, aproximadamente a las nueve menos cuarto de la mañana, nuestra tan querida M. Mª Isabel del Amor Misericordioso partió para la casa del Padre. ¡Qué abrazo tan entrañable de alma a alma se daría con nuestro amado P. Diego! […]

Los últimos quince días que el Señor nos conservó con vida a Nuestra Madre, fueron de mucho sufrimiento para ella. Un sueño demasiado dulce se apoderaba de ella, no estando en su mano el conseguir vencerlo. Como los médicos decían que no era bueno la dejáramos ceder ante este sueño, nos pasábamos los días despertándola. Nos inventábamos mil peripecias para no dejarla sola, ni dormir, a pesar de que ella nos decía que no podía más…, que no estaba para nada.

Como ya se figuran, la muerte de Nuestra Madre fue como la de una santa, al igual que lo fue su vida. El Señor la amaba con especial predilección, pero ella correspondió a este amor con singular fidelidad de alma totalmente consagrada a Él. Digo esto porque la predilección del Señor hacia las almas suele mostrarse en asemejarlas, cada vez más, a su Hijo Redentor muerto en la Cruz. A este propósito, fueron muy significativas las palabras que el Rvdo. P. Jesualdo, superior de los P.P. Capuchinos, nos dijo ante los restos mortales de Nuestra Madre: ‘A la Madre sólo la han podido bajar de la Cruz como a Jesús: después de la muerte’. Mientras tanto, o sea mientras permaneció en la Cruz, aceptó hasta lo indecible lo que fuera la mayor gloria de Dios y el bien de su santa Iglesia.

Los últimos días de Nuestra Madre fueron para nosotras imborrables. Si en todo el tiempo que hemos convivido con ella nos dio siempre ejemplos de santidad y de vida evangélica, en esos días se redobló su encanto, haciéndose, ¡claro está!, el centro de nuestra vida comunitaria. De esta forma pudimos recoger sus últimas palabras, antes que entrara en estado de coma. Recordamos con especial cariño, sus palabras definiendo qué es el Cielo: ‘El cielo es el centro del Amor. El cielo es el lugar donde siempre se ama’. Se pueden figurar con qué gozo viviríamos y meditaríamos estas palabras tan sencillas y tan verdaderas. Un día nos dijo: ‘No estéis tristes; la Virgen no quiere que estéis tristes porque yo me voy al cielo. Estad alegres. Yo os sigo amando. Desde allí os amaré con mayor plenitud’.

El día 1 de noviembre fue la Misa funeral que, a decir verdad, tuvo más de gloria y cielo. Nuestro Sr. Obispo no pudo asistir por tener que atender al Sr. Nuncio y a otros obispos que él mismo había invitado. El sacerdote que presidió la Eucaristía (D. Francisco Berbegal) dijo en la homilía una frase muy significativa para nosotras y que dice mucho del concepto que tenían de Nuestra Madre los que la conocieron: ‘La Madre Isabel era una mujer muy humana y muy cristiana’. Algo que nos llamó la atención fue el que las manos de Nuestra Madre se le quedaron de un color totalmente limpio y natural como de ónix traslúcido; parecían unas manos como transfiguradas y glorificadas…”

Madre Mª Elena de Cristo, a la familia del P. Diego Hernández
(Isidora, Pura, Loreto, Valentín y Antonia y Loretito). Javalí Nuevo (Murcia).
1 de diciembre de 1987

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“…la M. Supriora nos leyó en recreación su afectuosa postal y me encomendó que le contestase y le contara algunas cosas de Nuestra Madre […]

De Nuestra Madre le contaría todo lo que sé; mejor, todo lo que para mí significó y significa esa alma pura que tanto complació y recreó el Corazón de Dios. Y es que las almas evangélicas son así, con su sencillez, con su humildad, con su mansedumbre y caridad hacen que Dios tenga siempre una sonrisa en los labios.

Considero, y no dudo que usted también, que nuestra amadísima Madre Mª Isabel era una verdadera santa, pruebas nos dio a todos de ello; a ustedes que la conocieron desde las rejas, y a nosotras, sus hijas, que convivimos con ella. Toda su vida era entrega, donación, oblación y olvido de sí misma. Irradiaba a Dios allí donde se encontrase y con sola su presencia nos sentíamos unidas. ¡Cuántas veces su pequeña Joaquinita ha encontrado la paz y la voluntad de Dios con sólo ir donde ella estaba y mirarla!, ¡con cuánto ardor en mi corazón le pido que me conceda ser una pequeña chispita de esa gran hoguera de caridad que ella era! La humildad, la sencillez y la caridad eran virtudes que en ella estaban a flor de piel, no había que buscar mucho para saber cómo era, usted bien lo sabe ya que la conoció. Una de las cosas que siempre me ha cautivado en ella era su mirada limpia y pura, poseía esa mirada sencilla del Evangelio de la que manaba a borbotones el amor fraterno.

Bien, mi querida Sor Pura, así estaría diciéndole una y otra cosa, pues es una vida digna de elogio. Yo espero que con el tiempo la vida de la M. Isabel sea conocida por las almas, porque es un senderito que Dios ha dado a su Iglesia para que otros lo sigan.

Para terminar quiero contarle algo de sus últimos días que le alegrará. Su enfermedad se fue agravando hasta el punto que los tres médicos que la trataban nos dijeron que era el fin, y así lo íbamos viendo, con mucha pena en nuestro corazón, pero aceptando y reconociendo que ya se merecía el premio que Dios le tenía preparado desde hace mucho tiempo. Los últimos días ya casi no podía hablar y se le enredaba mucho la lengua a causa de una hemorragia cerebral, pero algunas veces el Señor permitía que se recuperase bastante por unos minutos y entonces era un encanto. Esto sucedió justo el miércoles por la noche. Se pasó todo el día sumergida en una gran somnolencia que le impedía ser dueña de sí, pero por la noche después de las ocho y estando en clausura el Rvdo. D. José Ruiz tuvimos unos minutos de cielo. Fue entonces cuando Nuestra Madre se despidió por última vez de sus hijas y nos dio su última bendición. D. José le dijo: ‘Madre, díganos qué es el Cielo’, y ella que ya se encontraba en él, dijo: ‘El Cielo es el centro del Amor’. Cerró los ojitos y nos dijo: ‘El Cielo es el lugar donde siempre se ama’. ¡Qué hermosa despedida! La Comunidad ya no volvió a ver consciente a Nuestra Madre.

Ahora ella tiene escrito sobre el yeso que tapó su tumba estas palabras: ‘Os sigo amando’ fue su deseo, nos lo repetía una y otra vez: ‘Cuando yo me muera la M. Supriora con su dedito escribirá sobre el yeso tierno para que se grabe: Os sigo amando’. Y así ha sido. Todas estamos seguras de que es verdad; ella no supo hacer otra cosa aquí en la tierra más que amar, ése era su oficio, y ahora en el Cielo el Señor lo ha llevado a su plenitud. Ella lo derrama a manos llenas y la sentimos con nosotras, nos acompaña, nos anima, nos alienta y nos invita a seguir a Cristo sin tener miedo y con las puertas abiertas.

Como amaba tanto a la Virgen, ésta vino a recogerla el sábado a las nueve menos unos minutos de la mañana, cuando en la Comunidad se celebraba la Santa Misa, mientras las Hermanas comulgábamos, ella partía al Cielo. Su carita estaba sonrosada y joven, reflejaba una gran paz. La gente se quedaba admirada al verla, incluso nosotras estábamos confusas pues los médicos nos dijeron que la Madre quedaría deformada a causa de la fuerte medicación que había tomado. Lo que más nos llamaba la atención eran sus manos, estaban de un blancor traslúcido del cual parecía salir luz, toda la gente lo comentaba, incluso hemos recibido llamadas de teléfono preguntando qué tenía la Madre en las manos. Se pasaron por ellas toda clase de objetos para conservarlos como reliquia. Todos proclamaron la santidad de Nuestra Madre y, aunque todos hemos sentido su pérdida física, gozamos al saber que tenemos una intercesora en el Cielo…”.

Hna. Joaquina Teresa de la Virgen de Orito
a Sor Pura, Hija de la Caridad.
9 de diciembre de 1987

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“…Recibimos vuestra carta del 26 de noviembre en la que nos contáis a grandes rasgos la última temporada de nuestra querida Madre Mª Isabel y la impresión de Cielo que os dejó al irse, pero que sentís su espíritu entre vosotras. No me extraña porque en el Cielo se ama con amor más perfecto que en la tierra y si aquí os quería tanto ¿cómo será en el seno del Amor?

Sí, creo, como decís, que el Padre la configuró con Jesús en su última enfermedad y espero estará muy alta con Él en el Cielo. Yo la quería mucho, me encomiendo a ella y estoy segura que intercederá por mí ante el Señor. Ahora parece que le hablo con más confianza e intimidad.

A mis hermanos les comuniqué su tránsito y Reginita, que la quería mucho, me decía: “¡Dichosa ella que ya ha visto a Dios y está gozando de su felicidad inmensa e inacabable!”. Tengo ilusión de recibir su carta de edificación y me gustaría, si os parece, que le mandéis una a mi hermana. Creo se alegrará. Una de las últimas veces que me escribió me decía: ‘he recibido carta de M. Isabelita de Orito. Es muy buena y atenta y nunca se olvida de felicitarme’. Yo le estoy encomendando un asunto de gran trascendencia para mí”.

Hna. María de Cristo Jesús, C.D. Olla de Altea.
15 de diciembre de 1987

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“Agradezco mucho el recordatorio que me han enviado de la Madre, q.e.p.d. Estoy seguro que ella nos obtendrá gracias a todos los que tuvimos la suerte de conocerla. Particularmente hará ‘llover rosas’ de santidad y vocaciones para ese querido Monasterio. La Transverberación del Corazón de la Sta. Madre nos puede ayudar a comprender la vida, la muerte y la eternidad de M. Mª Isabel…”

Padre Carlos Lledó, O.P.
17 de diciembre de 1987

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“Almas como ésta son las que necesita la Iglesia y la Orden”.

Rvdmo. P. Fr. Felipe Sainz de Baranda
Prepósito General de los Carmelitas Descalzos.
21 de diciembre de 1987

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“… la muerte de Madre Isabel no tiene que ser causa para estar estos días tristes ni mucho menos, ella no lo vería bien desde el Cielo… me gustaría saber quién es la sustituta de M. Isabel, a la que Dios la haya destinado le deseo que tenga el mismo espíritu que animaba a ella, que era el espíritu de Dios, su bondad, su amor, su simplicidad de alma absorta en Dios; pediré esto al Buen Jesús Niño…”

Sor Mª Eugenia, Sierva de Jesús. Burgos.
23 de diciembre de 1987

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“… llevo unos días obsesionada entre ustedes y el Cielo tal como mi pobre y limitada imaginación me permite contemplar los acontecimientos acaecidos en ese querido Carmelo. No puedo imaginar que nuestra inolvidable y santa Madre Isabel haya podido dejarles a ustedes que eran su vida y su todo y que el Señor haya permitido dejarlas huérfanas. Mi mente como les digo anteriormente está ahí en esos claustros, en el locutorio y hasta me arriesgo a decir que en la mente de cada una de ustedes. El Señor que nos ama y siempre desea lo mejor para nosotros, Él sabrá mitigar este vacío que la ausencia de la Madre ha dejado en sus corazones y, desde el Cielo con la fuerza que el amor tiene, sabrá dejarse sentir en cada una de la misma manera que lo hacía cuando estaba con su presencia física.

También yo puedo decir que soy partícipe de esa incomparable experiencia, quizá el no haber presenciado su marcha desde cerca hace que la siga sintiendo de la misma manera, porque todos los que hemos conocido algo de cerca a la Madre sabíamos de su vivencia e intimidad con Cristo y que su espíritu ya pertenecía todo a Dios y la anhelaba continuamente. Ahora esos anhelos ya son realidad en su vida, ¿cómo habrá sido su encuentro y abrazo con el Señor?… En estos pensamientos y otros parecidos, desde que supe de su partida, ando distraída desde estas lejanas tierras que me han imposibilitado hacerme presente entre ustedes en este momento tan especial, pero al mismo tiempo transcendental para sus vidas.

Ánimo Hermanas, la Madre permanece ahí, no les ha dejado, su ayuda y protección permanecerá siempre con ustedes. Estas breves líneas mezcladas también con alguna lagrimilla quiero sean la expresión de mis sentimientos hacia la Madre que tanto me amó, y para ustedes que siempre y ahora un poco más fueron la causa de ese mismo amor. Deseo cuando puedan me cuenten cómo fue su última enfermedad y algún detalle de su muerte; les agradezco este detalle que para mí será como su último testamento…”

Madre Natividad Nebreda, Sierva de Jesús. (Veracruz).
A las pocas semanas de fallecer la Sierva de Dios.

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“Jesús sea con mi amadísima Comunidad de Orito: acabo de recibir el aviso de mi tan querida ‘Isabelita’ como yo le llamaba y ya pueden suponer lo muchísimo que me impresionó. Les agradezco mucho las letritas que me ponen y estoy deseando saber todos los detalles posibles de su enfermedad y muerte. Siempre nos quisimos mucho, así que ahora me siento muy unida a la pena de todas VV.RR. y CC. No dejo de encomendarme a ella, segura de que desde el Cielo me ayudará”.

Madre Margarita Mª del C. Eucarístico de Jesús, C.D. Lugo.
A las pocas semanas de fallecer la Sierva de Dios.

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“Mucho agradecimos el detalle de enviarnos la esquela de la Madre Isabel, q.e.p.d. Sí, descansa y goza ya de la plenitud de Dios, nuestro Padre. Ella vivía en deseo ardiente y constante de unión con Jesús y ya por fin lo posee. Nos da pena por la separación, pero ella vive feliz; nos encomendamos a su protección ante el Padre…”

Sor Mª Adelaida Miguélez.
A las pocas semanas de fallecer la Sierva de Dios.

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“Enterado de montón de detalles sobre los últimos días en la tierra de la Madre Mª Isabel del Amor Misericordioso a través de D. José Ruiz y D. J. Antonio Berenguer, doy gracias a Dios. No pude asistir al funeral porque estábamos agobiados atendiendo a las personas evacuadas por las inundaciones. Aunque es verdad que no me hice mucho problema, pues la hacía ya en el Cielo con el ‘Esposo’. De ahí que no haya puesto unas letras a la Comunidad dándoles mi pésame y condolencia. No tenía sentido. Aproveché esos días para estimular a los seminaristas en pos de la santidad, siguiendo el ejemplo entrañable de la Madre…”

Rvdo. Sr. D. José Abellán Martínez.
A las pocas semanas de fallecer la Sierva de Dios.

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“Desde que llegó la noticia del fallecimiento de Madre Mª Isabel estamos queriendo escribir pero con las obras, el traslado y demás no ha sido posible. Perdonad.

Yo la recuerdo muy bien cuando estuvimos en Bechí que ella iba acompañada de Hna. Mª Elena. El Señor os bendice de verdad con buenas vocaciones…”

Madre Mª Jesús de la Preciosísima Sangre, O.C.D. Ibiza.
A las pocas semanas de fallecer la Sierva de Dios.

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“…Mucho me ha sorprendido la muerte de M. Isabel, q.e.p.d. Era una santa y ya estará gozando de Dios en el cielo, dichosa ella y dichosas todas ustedes que han podido saborear el amor de Dios que ella difundía y practicaba con los demás, imitémosla y que ella desde el Cielo nos siga ayudando como lo hizo en la tierra. Dios se lo pague, Madre Elena, por el recordatorio que guardaré como reliquia; también guardo su última carta tan consoladora y alentadora que me escribió en el mes de septiembre…”

Sor Remedios Calzada, Sierva de Jesús. El Ferrol.
Finales de 1987

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“Recibí el recordatorio de la Madre que agradecí mucho y guardo con cariño, para que así -al verlo frecuentemente- la recuerde más, aunque creo que la recordaría igual sin él porque tengo de ella muy buena memoria y es de bien nacido el ser agradecidos…

Ya sé que no están para muchas fiestas, pero en cristiano, la muerte -aunque nos duela- es la vida. Por eso, creo que celebrarán las Navidades como siempre, sabiendo que la Madre desde la Patria las ve y comulga con ustedes. Por supuesto que la he encomendado desde que ustedes me lo comunicaron, pero no creo lo necesitase mucho porque era un alma de Dios en todos los sentidos y por lo tanto que estará muy con Él…”

Fr. Ángel María Martínez. O.C.D. Zaragoza.
Navidad de 1987

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“… Tenemos una intercesora más en el Cielo; sentimos gran emoción cuando recibimos la noticia de la entrada en la Casa del Padre de Madre Isabel; una vida tan llena y edificante os servirá de gran consuelo y esperanza recibir, por su medio, otras gracias. Que estos ejemplos nos animen a vivir en plenitud nuestra consagración como carmelitas…”

Madres Carmelitas Descalzas. Calatayud.
Navidad de 1987

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“… nos unimos al dolor y al gozo por la marcha a la Casa del Padre de Madre Isabel; la encomendamos en nuestra oración; también nos alegra tantas cosas buenas como nos cuentan de ella…”

Sor Ángeles, MM. Dominicas. Orihuela.
Navidad de 1987

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“He visto por el recordatorio que han tenido la bondad de enviarme, que el Señor se ha llevado consigo a la Madre Mª Isabel del Amor Misericordioso para hacerla descansar de las fatigas de esta vida y darle la corona y la paz de la eterna. ¡Sea Dios bendito en toda su Providencia! Me uno a los sentimientos de la Comunidad, de dolor por la pérdida de tan grande Madre y por la alegría de creerla ya disfrutando de su victoria…”

P. Simeón de la Sagrada Familia, O.C.D.
Navidad de 1987

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